
Tuve una segunda sensación de que me observaban pero esta vez lo hacían sin que yo pudiera percibir desde dónde, ya que tenía los ojos muy fuertemente cerrados.
Tengo que dejar de ser paranoica, reflexioné, sino me volveré loca.
De a poquito volví a abrir los ojos; la luz se encontraba encendida y la puerta del ascensor abierta, a pesar de que yo no había oído su particular sonido.
El miedo me paralizó. No sabía qué hacer. ¿Qué era lo que me había pasado? ¿Había realmente sucedido o había sido todo producto de mi imaginación?
Decidí no permanecer ni un segundo más en el ascensor. Salí corriendo, tomé mi saco, mi cartera y… Me aterré: la única salida era el ascensor. Debía volver a él. Aún permanecía abierto, como esperándome.
- No quiero, ¡no quiero!- dije al borde del llanto.
Las luces de la oficina empezaron a apagarse una tras otra; cuando quise darme cuenta, el piso se hallaba en completa oscuridad.
Desesperada, corrí al ascensor. Comencé a bajar cuando de pronto me percaté de que yo no lo había ordenado. Inmediatamente después de pensar esto, el ascensor se detuvo. Recordé que debía salir antes de que se iniciara el cierre del edificio. Miré la hora: 7.49.
-No puede ser- grité.
¡Mi reloj tuvo que haberse parado!
Volví a mirarlo con miedo y todo quedó en la oscuridad. No llegué a ver la hora. Tuve la sensación de estar en movimiento.
Fuera de todo control humano, me acurruqué en un rincón y traté de guarecerme de lo que me acechaba.
El pánico se había apoderado de mí y nadie podía oírme. Eran, seguro, más de las ocho.
Lloré hasta perder la razón…
Me desperté con los gritos de mi jefe: - Señorita Wilson, señorita… - Muy bien, veo que tomó al pie de la letra las indicaciones de esta empresa. Ha llegado hoy más temprano que de costumbre, de todos modos no era necesario. Ya no estoy enojado con usted…
No entendía nada, sin embargo mi jefe continuó: - Su horario de entrada es a las 10. ¿Por qué ha llegado tan temprano a la oficina? El personal de limpieza, mejor dicho, el primer empleado que llegó, me avisó que usted ya se estaba aquí cuando él llegó. ¿Salió usted ayer? ¿Le pasa algo?
¿Oficina?, me dije para mí misma. Miré alrededor y noté que me encontraba como había dicho mi jefe, en mi oficina.
-¿qué es todo esto? ¿Qué pasó? ¿Qué pasa? Esto es un sueño. ¡Quiero despertar! Ahhh- grité desgarradoramente.
-No señorita, ¿qué le pasa?- me dijo sacudiéndome con fuerza.
-No puede ser, no…
-Sí señorita, la asciendo a subgerente de la compañía, no quería decírselo de esta forma, pero veo que ya le han ido con el chisme. No es un sueño. Por favor, lávese la cara, es lunes y usted con todo su rostro embadurnado de rimel como si hubiese llorado días enteros. Mire la hora que es y ¡usted en ese estado!
Aturdida, caminé apresuradamente hasta el baño sin entender lo que pasaba. Me lavé la cara y traté de reflexionar: llegué, no había nadie y me quedé dormida, eso es todo. Lo que pasó, no pasó, fue sólo un sueño… Administradora, buen cargo… Cada día estoy más arriba, pensé mientras me acomodaba la ropa al mismo tiempo que advertía con horror las manchas de café sobre mi ropa. Corrí desesperada a buscar mi saco y no lo encontré.
Noté que mi jefe estaba en su oficina, entré y sin mediar otra palabra le grité casi sin voz: -renuncio- Odio este lugar, ¡lo odio! ¡No pienso dejar mi vida en el infierno!
Corrí y subí al ascensor, única salida evidente. Sólo quería… ¿regresar? A Uruguay.
Algo rozó mi pie y al observar no pude contener mi aberración, era mi saco.
Casi en estado de locura total, recordé que nunca ordené al ascensor bajar y lo estaba haciendo.
Sin aliento, quise atreverme a mirar mi reloj, apreté fuerte los puños y miré la hora: 7.49.
Tengo que dejar de ser paranoica, reflexioné, sino me volveré loca.
De a poquito volví a abrir los ojos; la luz se encontraba encendida y la puerta del ascensor abierta, a pesar de que yo no había oído su particular sonido.
El miedo me paralizó. No sabía qué hacer. ¿Qué era lo que me había pasado? ¿Había realmente sucedido o había sido todo producto de mi imaginación?
Decidí no permanecer ni un segundo más en el ascensor. Salí corriendo, tomé mi saco, mi cartera y… Me aterré: la única salida era el ascensor. Debía volver a él. Aún permanecía abierto, como esperándome.
- No quiero, ¡no quiero!- dije al borde del llanto.
Las luces de la oficina empezaron a apagarse una tras otra; cuando quise darme cuenta, el piso se hallaba en completa oscuridad.
Desesperada, corrí al ascensor. Comencé a bajar cuando de pronto me percaté de que yo no lo había ordenado. Inmediatamente después de pensar esto, el ascensor se detuvo. Recordé que debía salir antes de que se iniciara el cierre del edificio. Miré la hora: 7.49.
-No puede ser- grité.
¡Mi reloj tuvo que haberse parado!
Volví a mirarlo con miedo y todo quedó en la oscuridad. No llegué a ver la hora. Tuve la sensación de estar en movimiento.
Fuera de todo control humano, me acurruqué en un rincón y traté de guarecerme de lo que me acechaba.
El pánico se había apoderado de mí y nadie podía oírme. Eran, seguro, más de las ocho.
Lloré hasta perder la razón…
Me desperté con los gritos de mi jefe: - Señorita Wilson, señorita… - Muy bien, veo que tomó al pie de la letra las indicaciones de esta empresa. Ha llegado hoy más temprano que de costumbre, de todos modos no era necesario. Ya no estoy enojado con usted…
No entendía nada, sin embargo mi jefe continuó: - Su horario de entrada es a las 10. ¿Por qué ha llegado tan temprano a la oficina? El personal de limpieza, mejor dicho, el primer empleado que llegó, me avisó que usted ya se estaba aquí cuando él llegó. ¿Salió usted ayer? ¿Le pasa algo?
¿Oficina?, me dije para mí misma. Miré alrededor y noté que me encontraba como había dicho mi jefe, en mi oficina.
-¿qué es todo esto? ¿Qué pasó? ¿Qué pasa? Esto es un sueño. ¡Quiero despertar! Ahhh- grité desgarradoramente.
-No señorita, ¿qué le pasa?- me dijo sacudiéndome con fuerza.
-No puede ser, no…
-Sí señorita, la asciendo a subgerente de la compañía, no quería decírselo de esta forma, pero veo que ya le han ido con el chisme. No es un sueño. Por favor, lávese la cara, es lunes y usted con todo su rostro embadurnado de rimel como si hubiese llorado días enteros. Mire la hora que es y ¡usted en ese estado!
Aturdida, caminé apresuradamente hasta el baño sin entender lo que pasaba. Me lavé la cara y traté de reflexionar: llegué, no había nadie y me quedé dormida, eso es todo. Lo que pasó, no pasó, fue sólo un sueño… Administradora, buen cargo… Cada día estoy más arriba, pensé mientras me acomodaba la ropa al mismo tiempo que advertía con horror las manchas de café sobre mi ropa. Corrí desesperada a buscar mi saco y no lo encontré.
Noté que mi jefe estaba en su oficina, entré y sin mediar otra palabra le grité casi sin voz: -renuncio- Odio este lugar, ¡lo odio! ¡No pienso dejar mi vida en el infierno!
Corrí y subí al ascensor, única salida evidente. Sólo quería… ¿regresar? A Uruguay.
Algo rozó mi pie y al observar no pude contener mi aberración, era mi saco.
Casi en estado de locura total, recordé que nunca ordené al ascensor bajar y lo estaba haciendo.
Sin aliento, quise atreverme a mirar mi reloj, apreté fuerte los puños y miré la hora: 7.49.