7.40 de la mañana. Frío. Espero al 106 frente a plaza San Martín. LLega lleno, no hay lugar para viajar sentado, aunque tampoco para viajar parado.
Logro traspasar la maraña viviente que separa el colectivo en dos.
Me detengo justo al lado de la puerta del medio, del lado de los asientos dobles.
Puedo respirar. Por fin.
Una mujer peina con esmero a su pequeña hija de quizás seis, quizás siete años, mientras su hermano observa distraído por la ventana. Viajan sentados, ajenos a la vorágine que a escasos metros, centímetros, perturba el ambiente.
El peine recorre el suave y aterciopelado cabello azabache, dividido en dos grandes mechones que constrastan con el blanco guardapolvo.
La niña permanece inmóvil; su madre amaga en varias ocasiones con recoger el pelo en una cola. Continúa peinando y acariciando el negro manojo como si en ese efímero trabajo se fugara toda su vida.
De pronto, la amena evaluación comienza:
-¿dos por dos?
-cuatro- responde la pequeña
-¿dos por cinco?
-diez
-¿dos por... ocho?
-dieciseis...
El vaivén del frenético cepillo recorre una vez más los campos renegridos
-mmm ¿dos por... nueve?
-dieciocho.
No puedo evitar deleitarme con esta escena. No puedo evitar disfrutar el momento.
La mujer mira su reloj. Culmina su tarea. -Vamos- señala.
Tocan el timbre y bajan rápido; que se hace tarde para ir a la escuela.
Una historia cotidiana
Hace 8 años