Bienvenidos a Trazos de Letras

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jueves, 12 de marzo de 2009

Secuela Vengativa (Cap. II)


CAPITULO II

Muy lejos de su enfermedad, del otro lado del Océano, Mauricio Pineda, recordaba su pasado pasional y su historia de joven adinerado que se había enamorado por primera vez de una muchacha para nada convencional.
Su misma madre la había calificado de “mujer de mundo”, aunque a él poco le importó, en dicho momento, perder su herencia por correr detrás de "un poco más que una prostituta".

Aída nunca había tenido padre. Su madre había quedado embarazada a los trece años y aunque siempre había vivido en la calle, jamás soportó que su hija acabara en la misma vida miserable que ella.
Por eso, una tarde, cuando se enteró de que Mauricio no era el yerno que ella siempre había soñado para su hija sino uno más de una larga lista de clientes, prefirió condenar al odio y al olvido a su hija, que recordar nuevamente, su vida en la vida de su hija.
Nunca volvió a verla.
Aída continuó su relación comercial con Mauricio quien a cambio de ser el único que se deleitara con su delicada belleza, la mantenía.
Sin embargo, Aída nunca fue fiel a su promesa y continuó trabajando solo por la mera ambición de conseguir aún más dinero del que ya le sobraba.
Tiempo después, los negocios de Mauricio lo ubicaron fuera del país por más de diez años... Había decidido rehacer su vida lejos de su pasado.

Trece años después recibió una carta de Aída en el que le imploraba que volviera, que se hallaba internada y que no la dejarían irse... Sus palabras parecían vanas, para él ya nada tenía sentido, él se había casado y ya no regresaría.
- Aída, ¿enferma? No puede ser cierto - se jactó antes de tirar en el cesto de los desperdicios aquel maltrecho sobre que tanto había viajado desde Buenos Aires a Londres.
-¡Cómo pudiste hacerme esto Aída!, yo fui el único que alguna vez te amó realmente en tu vida- gimoteó. Por un instante, su corazón sintió que la herida que había logrado cicatrizar a fuerza de tiempo y distancia, nuevamente se retorcía. Instintivamente como alejar fantasmas, recordó que ella lo había alejado de su lado.
Aída había recorrido una vida llena de placeres y llena de una vanidad sin límites. Su belleza cautivaba a los hombres, quienes darían su vida por tener una única noche para contemplar su beldad insoslayable. No obstante nunca pudo ofrecer tanta hermosura a quien no la quisiera por mero deseo.
Muchas veces, -es cierto- sintió afecto y en hasta algunas ocasiones llegó a sentir cariño por alguno de sus compañeros, mas jamás llegó a deslizarse de sus labios la palabra amor...

Hoy un halo de tristeza supera su fortaleza y la hace romper en llanto por las noches, momento en el que puede desahogarse sin culpas.
En la sala donde Aída espera una ayuda divina o una muerte algo más digna de la que sabe que va a recibir, se encuentran más de doce personas, en distintas situaciones, con diferentes pesares pero ninguno en tan delicada situación.
Sus días casi siempre se revuelcan en la misma secuencia que supera el límite de lo vital y lo infernal: estudios, revisaciones, cócteles de drogas y sufrimientos que siente que, lo único que hacen es ayudarle a perder la dignidad.
La cortina grisácea es su columna vertebral, la que generalmente se halla cerrada para poder aislar su resentimiento del mundo que tan solo pasos de la cama en la que reposa, crea vida y muerte.Sin embargo, ya no se defiende de los ataques de los médicos, ya no siente dolor, ya no piensa en escapar algún día del siniestro infierno en el que se halla sumida, sólo piensa en que mañana nuevamente podrá -si la enfermera se lo permite- volver a pasear por los soleados senderos del verde jardín. Será nuevamente viernes y entonces piensa que -tal vez Mauricio vuelva a visitarla como la semana pasada... Ya no siente el resentimiento del amor, ya no quiere volver a pensar en todos los amantes que tuvo su vida, sólo quiere poder ver a Mauricio, mañana, como todos los viernes desde hace dos años...

9 comentarios:

Verónica Rodríguez Orellana dijo...

Los viernes, los viernes muy bien escrito me gustó gracias !

noeli dijo...

me he enganchado atenea, waoooo, gracias por ponerlo, es precioso!! muaaaaa, besos mil cariño

Revenires de La Palabra dijo...

Hermoso.
Te invito a pasar por mi nuevo blogs
reveniresdelapalabraii.blogspot.com
un abrazo

RAFAEL LIZARAZO dijo...

Hola, Atenea...

Un desgarrador relato, que lo lleva a uno recreando imágenes, al ir recorriendo sus renglones.

A veces los errores cometidos en la juventud, nos traen la cuenta de cobro con el paso de los años, pero lo importante es que nos quede una esperanza y un ser que nos ayude a vivir con nuestro dolor.

Talvez Mauricio venga mañana.

Un abrazo.

Galán de Barrio dijo...

¿Morirá Aída?
¿Volverá a ver a Mauricio?

¡No se pierda el próximo capítulo de su novela bloguera preferida!

el oso dijo...

Una historia que nos pone atentos al próximo paso, que nos recuerda viejos amores y penares.
¡Vamos por la tercera parte!

nina dijo...

Y a paesar de todo cuenta sus años en primaveras...

Carla dijo...

Que triste... esta vez me dio lástima Aisa. Muy buena la segunda parte. Espero pronto la tercera

Atenea Kamet dijo...

Verónica: Muchas Gracias!
Noeli: Qué bueno que te hayas enganchado, me alegro!
Revenires, como siempre es un verdadero placer tenerlo entre mis lectores, le mando un beso.
Lisandro: Es muy cierto todo lo que dices, a veces la vida nos juega estas pasadas. Tal vez Mauricio venga mañana, tal vez no... Lo sabremos en el próximo capítulo de Secuela Vengativa.
Galán: Gracias por el cierre! No se pierda el próximo capítulo!
Oso: Viejos amores y penares, a veces la vida tiene esas vueltas no?
Nina: Me encantó tu último relato! Lo que decís es un punto importante... Todavía cuenta los años como primaveras, tal vez, porque piensa que la esperanza puede resurgir como las flores en dicha estación.
Carla: Gracias! La vida de Aída es así, a veces da bronca, a veces lástima...
Muchísimas gracias a todos por sus comentarios, en breve, el jueves, publicaré la tercera parte. Besos!